GRISELDA FRANZINI PRESENTÓ SU LIBRO “YA NADA NOS DETIENE” POR LOS CAMINOS DE GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

Desde muy chica me atraparon los libros – dice Guiche – me gustaba tenerlos cerca apenas percibí que era posible evadirme de toda realidad y sumar a ese mundo escrito, mi mundo. (…)”

El libro que presentó la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia, de Quetrequén, el pasado 14 de setiembre, es un relato de viaje a través de la vida y de la obra del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

Griselda Franzini viajó por la Colombia de Gabo y lo hizo a través de sus libros, o mejor aún, dentro de ellos, relatando un viaje que duró y durará todo el trayecto de su vida

Junto a su amiga Cristina recorrió los lugares donde Gabo vivió, estudió, trabajó y también los espacios desde donde sus personajes contaron una América Latina devastada una y otra vez, en una espiral literaria que juega con el realismo mágico de la mano del Nobel cataquero.

Así fueron apareciendo los lugares soñados: Aracataca, Riohacha, la Sierra Nevada de Santa Marta, la Ciénaga Grande, la península de La Guajira, el Rio Grande de la Magdalena, Santa Marta, Barranquilla, Cartagena de Indias, Bogotá , Zipaquirá, entre otros.

Nora Véliz, la profesora del Colegio de Monjas que le enseñara a pensar Latinoamérica desde un lugar diferente, la acompañó en este rito iniciático que es poner a disposición de los lectores el resultado de una experiencia tan íntima e intensa como es el hecho de escribir, tan parecido a la vida misma.

  • Palabras del libro invitaron al público a ver el estreno del video documental de Ricardo Franzini. Se solicitó a cada uno que busque su Macondo del alma: aquel lugar, aquel momento, aquellas manos que lo refugiaron y lo lanzaron una y otra vez a la vida.

El tema principal del video es la LECTURA, cuenta la historia de Quetrequén a través de sus pobladores leyendo Cien años de soledad.

Sabemos que Aracataca no es Macondo – dice Guiche –

O que sí lo es.

Venimos de un pueblo suspendido en la inmensidad de la llanura pampeana, donde el mundo empieza y termina, donde la desmesura emocional de los relatos se convierte en parte del paisaje.

Comprendí el realismo mágico desde siempre. Fue mi ma­nera de atravesar la vida.

La nostalgia de las mujeres Buendía por todo lo que relacio­nado con la península me pareció que era como debía ser.

Crecí con abuelas que a lo largo de sus días añoraron las flo­res del Piamonte, los castillos de Parma, el prosciutto de L´ita­lia; las de carácter de hierro y pañuelo negro en la cabeza que en sus tardes de cartas se jactaban de los parientes que habían so­brevivido al hambre de una Europa devastada por las guerras.

La terquedad de los amores de Macondo no me resultó sor­prendente, en mi mundo se pensaban eternos. Las pasiones ajenas o contrariadas merecían extensas conversaciones con agregados personales.

Nunca se me ocurrió cuestionarme los nombres repetidos cuando en mi familia se suceden como títulos nobiliarios. Mi bisabuela Ángela cruzó el mar con cinco hijos de los cuales dos se llamaban José; en el puerto de Buenos Aires, por pensar que se había tratado de un error del notario, tacharon un renglón y uno de ellos vivió sin existir.

Mi madre y sus primas se llamaron Ángela. En su honor y su memoria mi niña menor es Angelita.

Junto a mi padre descubrimos que la tierra era “redonda como una naranja” (Cien años de soledad) al observar los ma­jestuosos atardeceres en el campo, cuando el último rayo de sol se perdía en el horizonte, y fuimos José Arcadio Buendía.

Cuando supe de Mauricio Babilonia volvieron a mí las tar­des y las mañanas compartidas con él espantando mariposas amarillas en los rastrojos de alfalfa, con nuestro amor casi ele­mental superando las barreras de la vida.

La historia de mi familia, como la literatura, es la historia no oficial de América Latina “que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo” (Vivir para contarla).”

  • Roberto Camon y Rodrigo Pap acompañaron con dos hermosas canciones: Los que enjaulan los pájaros y Castillos en el aire (de Alberto Cortez).

El cierre, compartido con Nora Véliz y Cristina Solozábal, fueron las palabras finales del libro: “Gabo querido: ya nada nos detiene”. Invadidos de realismo mágico y de mariposas amarillas los presentes tuvimos la certeza que está permitido soñar, que a veces solo falta Vivir para contarla.

 

Vivimos en un mundo donde todo está preparado para mover­se de acá para allá si pagamos por ello, o si alguien lo hace por nosotros.

Un mundo en el cual somos de donde estamos, porque así lo requiere la inmediatez de los tiempos.

Donde el nomadismo y el sedentarismo parecen seguir exis­tiendo como privilegio de clase o desventura del abandono.

Este viaje no significa, entonces, un mérito personal.

Este viaje ha sido un lujo, una abundancia de cosas innece­sarias.

Y este libro es una historia de amor.

A pesar de mis excesivos esfuerzos por redactar manifiestos que visibilicen a los olvidados del mundo, este libro es una his­toria de amor.

Hacia Gabo, hacia su obra.

Sin la asistencia de los hilos invisibles de sus palabras conti­nuaría siendo yo la “iletrada pobre” que soy, pero dentro de mi propio Portal de los Escribas. (…)”

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